
Conversaciones con la vida
HISTORIA I: “Si volviera a nacer, los caminos serían diferentes”
Isabel, 80 años. Mirarse al espejo y no verse.
Tiene 3 hijos y lleva casada 57 años. Vive actualmente con su marido. Siempre ha sido ama de casa, pero no por falta de ilusiones profesionales.
— Isabel, ¿qué ves cuando echas la mirada para atrás en tu vida?
— Cuando llegas a esta edad, cuesta mucho mirar hacia atrás, porque te das cuenta de todo lo que has hecho, pero también de lo que has dejado por hacer.
— Y cómo resulta tu balanza de vida: ¿positiva o negativa?
— Depende de dónde ponga mi mirada. Si lo hago sobre mi familia, sobre todo en mis tres hijos, te diría que muy positiva. Ser madre es lo más hermoso que le puede ocurrir a cualquier mujer, o al menos eso pienso yo, aunque no serlo signifique desmerecerla, ni mucho menos.
—Pero tener hijos también implica en buena parte esfuerzo y sacrificio, incluso olvidarse de sí misma, por aquello de repartir el tiempo, la energía y hasta los recursos económicos. ¿Esto no te hace pensar en una forma de vida diferente?
—A ver Manuel, si volviera a nacer, los caminos serían otros. No me refiero a dejar de ser madre, porque eso tengo claro que lo repetiría siempre. Me refiero a mi mundo laboral, a no estar siempre en casa esperando a mis hijos y a mi marido, haciendo prácticamente lo mismo cada semana.
—Entonces, si tuvieras la oportunidad de regresar a tu pasado, ¿qué harías en concreto? Parece que los hijos seguirían en tu vida, pero qué cambios tendría ésta.
—Lo primero sería estudiar, formarme, saber de algo, aprender para ayudar a los demás, como siempre he hecho, pero de una manera profesional. No sé, quizás estudiar ATS o ser maestra, algo que implicara que puedo aportar a otras personas.
—Comprendo Isabel, aunque por lo que sabemos, de alguna manera eso ya lo haces, y no sólo por tu familia, sino también por mucha gente que te rodea. ¿No es así?
—En parte sí, porque soy muy sensible con los demás y siempre estoy pendiente de lo que puedan necesitar, incluso hasta las vecinas.
—¿La clave está en que te hubiese gustado recibir un sueldo por tu trabajo?, algo que no recibes por ser ama de casa.
—No me refiero sólo al dinero, porque yo siento que el dinero que entra en mi casa también es parte de mí, aunque en realidad sea la paga de jubilado de mi marido. Yo pienso más en que pudiera relacionarme con otros compañeros de trabajo y comentar cómo nos va con lo que hacemos en nuestros puestos. También en ver a esas personas crecer después de ayudarles de alguna manera y sentirme orgullosa de lo que hice. No es que no me sienta orgullosa ahora al ver a mis hijos, pero no es lo mismo.
—¿Crees que hay muchas mujeres así, en esta situación?
—Estoy segura de ello, sobre todo de mi edad o parecida. Las mujeres que nacieron después de mí, ya en la Democracia, no creo que tengan tantos problemas, al menos han tenido más oportunidades que las que nacimos después de la guerra española.
—¿Sólo fue la postguerra lo que te impidió que hicieras algo diferente con tu vida?
—Claro que no. Hay mujeres de mi edad y mayores que han tenido trabajos, incluso trabajos muy buenos, mandando a hombres. En mi caso, me afectó mucho que trabajara desde pequeña para ayudar a mi madre, que se quedó viuda muy joven. Esto me impedía tener tiempo y buscar algo para estudiar. La necesidad de llevar dinero a mi casa hizo que no tuviera ojos para los libros, por desgracia.
—¿Eso significa que no sabes leer ni escribir?, disculpa si me entrometo en algo delicado.
—No, Manuel, no te preocupes. Estoy orgullosa de mí, porque sí que sé leer y escribir, aunque apenas fui al colegio.
—¿En serio?, y entonces… ¿cómo lo hiciste, Isabel?
—Con muchas ganas por saber defenderme delante de los demás y porque algunas amigas de mi barrio sí iban y yo quería ser capaz de hacer algunas cosas como ellas. Puse mucho empeño y durante toda mi vida he ido mejorando, aunque nunca llegué a sacarme el graduado, porque con el paso de los años pensé que ya era tan sólo un papelito que no servía de nada. ¡Otro error!
—¿Error, por qué?, ¿por qué con ese certificado sí te hubieras puesto a trabajar fuera de casa más adelante?
—No lo creo, pero sí podría tener algo que dijera que sé, que puedo defenderme como cualquiera.
—Comprendo, como una especie de reconocimiento, ¿no?
—Sí, algo así.
—Ahora mismo, a tus 80 años, qué te gustaría hacer con todo lo que te queda por delante.
—¡Qué gracioso!, cuando dices “todo” es como si me quedaran muchos años por vivir. Sé que estoy en el final de mi vida, pero eso no me preocupa. Ahora sólo quiero que nadie de mi alrededor tenga problemas de salud.
—Eso te incluye a ti, ¿no?
—En teoría sí, lógicamente, aunque después…
—Después eres la última de la lista, tu propia lista. Tú serías la última en salir de un barco que se hunde.
—Sí, como los músicos esos de El último de la fila. Cojo lo que queda, si es que queda algo.
—¿El mensaje sería ese? ¿Primero los demás y después tú, si es que sobra algo?
—Dicho así suena muy duro, casi torpe diría yo. Yo también me tengo presente, sólo que tardo un poco más en echarme cuenta que al resto. Si la vida fuera un día, yo me echo cuenta al final del día.
—Siguiendo tu comparativa, imagino que te echas cuenta casi a las 12 de la noche, en los minutos finales.
—¡Qué gracioso!, algo así, aunque intento, cada vez más, estar conmigo desde que me levanto.
—Eso suena bien, pero no creo que te sea fácil.
—Es verdad, porque casi siempre me levanto pensando en uno y en otros, incluso soñando con problemas de los demás, hasta el punto de deprimirme por las dificultades de personas que he visto solo una vez.
—¿Una vez?
—Sí, en el telediario, por ejemplo. Eso me hace pensar que hay mucha gente en peor situación que yo.
—¿Y eso te anima a valorar lo que sí tienes?
—Debería, pero francamente no es así. Me siento casi culpable por las cosas buenas que tengo.
—Eso te hará sufrir mucho, Isabel, supongo.
—Más de lo que puedo permitirme, además con la edad que tengo… La verdad es que, si hubiera estado en un hospital o en un colegio, hubiese sufrido mucho con las cosas que pasaran a mi alrededor. Fíjate, casi que no sé dónde estaría hoy.
—Vaya, parece que lo mejor que te ha pasado ha sido no haber tenido la oportunidad de realizar esos trabajos. Lo digo por tu salud.
—Da esa impresión, porque creo que nací para preocuparme por todo y de todos, algo que no puedo mantener eternamente, porque insisto que es agotador.
—Sin duda, Isabel, es un ritmo y un estado imposible de mantener durante mucho tiempo. Supone un claro desgaste por el estrés que eso provoca. Tendrías que haber aprendido a gestionar tus tareas de otra manera.
—“Aprender”, ¡Cómo me gusta esa palabra, Manuel!
—Y a mí, porque implica crecer, mejorar, vivir…
—Eso es, vivir. Por eso quiero saber más siempre.
—Hablando de eso, me gustaría acabar esta conversación con una pregunta que puede generar aprendizaje en las personas que te leen. ¿Qué es lo más importante que has aprendido de la vida hasta hoy?
—¡Uy!, menuda reflexión para terminar. Posiblemente dos cosas: intentar estar en paz con lo que he hecho hasta ahora, y seguir mirando la vida como una oportunidad para mejorar, tengas la edad que tengas. La verdad es que me ha quedado muy bien, pero es lo que siento.
—Perfecto Isabel, ha quedado real, que es como tú lo has contado. Gracias por compartirlo.
—Gracias Manuel, por permitirme participar en tu Arte de Envejecer.
Psicólogo Clínico y del Deporte // Col. AN-2.45



